¿Qué piensa usted, Sr. Freud? (Sueños propios narrados al detalle) (30)

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Trigésima edición:

Me encuentro en la calle, por un paseo de una ciudad que no es la mía pero tampoco deja de ser desconocida. Al entrar en un edificio que parece de renta antigua (la decoración, la fachada o la arquitectura) en un primer o segundo piso, veo que en los pasillos comunitarios la luz diurna se oscurece por nubes algo grises del exterior. También veo a un gato que resulta ser gata y mía, con algo en la cabeza atada. Resulta ser unas gafas de pasta gruesa con una cinta elástica. Me entero que es cosa de un vecino que en una barandilla que termina al lado de su puerta, ha colocado una gatera con comida. Quiere apropiarse de mi mascota y al avisarle que qué hace, cierra la gatera con prisa.

El hall del edificio está mucho más oscuro por el día nublado. Resulta ser mucho más espacioso de lo que parecía. Sín motivo alguno en el centro al subir los primeros escalones (que no son 3 ni cuatro, algo más) hay una ducha clásica que sale del techo. Y sin motivo alguno me ducho alli, desnudo y pasando familias escandalizadas.

El sueño tan absurdo en este peculiar edificio acaba con la aparición de una amiga de mi madre que no recuerdo que quiere apropiarse de nosotros, pero vive en la misma finca. Entiendo que quiero defenderme de sus amenazas, concretamente de 7  hijos (en la vida real no tiene más que una hija), todos chicos y de más variadas armas blancas. Al entrar en su apartamento veo que lo más visible es un centro del piso como el salón y atrás unas 8 habitaciones colocadas 4 puertas en un lado y las restantes enfrente. Tienen dibujadas unos puntos que van de 1 a 8 dibujadas, para referirse a cada miembro de la familia que me amenaza.

La puerta de dos puntos se abre y asi con cada una hasta la de ocho cuando voy venciéndoles. Resultan ser chicos de unos 15-18 años con camisas de tirantes blancas que con sus hojas afiladas las consigo arrebatárselas y hacerles cortes a lo samurai. En otro uso sus armas secundarias como cerbatanas clavándole su aguja dentro de su boca o que sé yo. Aparece su madre y reconoce estar vencida. En el salón justo en medio hay un cofre de madera y metal que intenta imitar al clásico estilo pirata. Para compensarme y declarar su vencimiento me regala un collar de perlas sencillo y que no creo que sean reales.

El sueño cambia y acaba estando corriendo por un mediodía con la tierra húmeda de la lluvia. Es una pequeña maratón por una zona cerca de mi casa en la vida real con algo de campo abierto. Veo a otros y otras participantes con numeros impresos en camisas de tirante de competición.

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